Tras el beso, el pequeño p56 se miró al espejo y fue consciente, por primera vez, de su cuerpo de androide. Dos manos que parecían idénticas a las humanas. Los pies, el cuello, las orejas. Los antebrazos, vulnerables a la luz; la nariz, las rodillas y los pulmones abriéndose a ese mundo reflejado en el cristal. Fue consciente, también por primera vez, de su corazón, bum... bum... hac, bum... bum..., hac. Pero no era el suyo el que sonaba, sino el del espejo. ¿O puede que ninguno de los dos? Quizá era un sonido fantasma en su cerebro. Su cerebro de androide.
El pequeño p56 no sabía cómo programar su utilidad tras el beso, cómo articular una realidad que había sido inercia hasta ese preciso momento. Hasta el beso. Al pasar su mano de androide por el vello artificial, junto a la nuca, sintió un falso cosquilleo. Con un sencillo movimiento colocó una pestaña casi invisible en la posición "off". Y todo lo que él representaba se apagó. Aguarda una respuesta a la pregunta, ¿qué hacer con un beso que te despierta, y un despertar de androide?
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