2.26.2009

Sólo cuando extrañas, conoces

Ha besado los bordillos de tu sonrisa, y sabes que la felicidad que habías guardado al final de la cuneta ha regresado para hacerte una breve visita. Sin arrugar la nariz y con el pecho inundado de cosas amables; con la mente en blanco, pero no de un blanco cualquiera. Con la mente en otra parte, pero no en una parte cualquiera. Eludiendo las piedras que caen del moño de la vecina del cuarto, y que caen al patio, donde rescataste tu infancia del sumidero.
Sonríes a un vaso de leche en la comida, y tu familia te mira de manera extraña. Y hacen bien, porque sólo cuando extrañas, conoces.
Y pierdes peso de manera que tus músculos dejan de serlo, y pasan a ser una carne tierna, similar al pollo deshuesado que ves todas las mañanas en la carnicería. ¿Quién da la vez? Desde la vitrina sus voces llegan apagadas, pero desde dentro, resuenan como estrellas tristes, cuya luz ha robado el que escribe. Con palabras secretas. Que caen al patio, donde rescataste...

Cuando amaine la tarde, los besos de los bordillos dormirán todas las horas que tú no duermes, de madrugada. Prometido.

2.24.2009

Accidentally in love

Me he enamorado. Creo. Sí, se podría llamar enamoramiento, y no sé cuánto durará. Creo. Me refiero que no puedo establecer un punto de inicio siquiera, como para establecerlo entonces de final. Imposible, imposible. Quizá sea una pega que el objeto de mi enamoramiento lleve muerto desde 1989, el mismo año en que nació mi hermana. Se apellida Beckett, murió hace 19 años, y cada vez que leo un poco, sólo un poco, porque cuesta, de algunas de las cosas que dejó escritas cuando estaba vivo, antes de morirse en 1989; cada vez que leo alguna, deseo, de una manera inmaterial, estúpida y adolescente, de adolecer, quedarme a vivir con él. Porque Beckett, que está muerto, me ha mostrado, que yo, estando vivo, puedo enamorarme sólo con el pensamiento. Pensando que lo estoy. Sí.

Fragmento de "Fin de Partida" (1986), Samuel Beckett.
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HAMM: Ve a por la aceitera.
CLOV: ¿Para qué?
HAMM: Para engrasar las ruedecillas.
CLOV: Las engrasé ayer.
HAMM: ¡Ayer! ¡Qué quiere decir ayer!
CLOV (violentamente) Quiere decir vete al cuerno. Empleo las palabras que me has enseñado. Si ya no significan nada, enséñame otras. O deja que me calle.

Conteniendo la respiración

Cuando me baño y meto la cabeza en el agua, cogiendo aire para sobrevivir del otro lado de la bañera, escucho todas las cosas mudas en este lado, el lado seco. Me llegan rumores de todas las vidas a mi alrededor, las que no significan nada, las que significan poco, las que existen y no lo saben, y las que gritan para hacerse oír. Y ya. A veces decido que las entiendo, aunque no las entienda de verdad; no sé por qué lo hago, pero es algo que pienso sin más. A veces creo que no necesitaría branquias para respirar, bajo el agua, sino entender de verdad el resonar de esa vida que fluye. Bajo la bañera.

2.18.2009

Grigui, el estoico

La Dra. Moro es una mujer pragmática, madura e inteligente; la Dra. Moro es mi médico de cabecera, y hace que me sienta como si me conociera de toda una vida, si bien es cierto que esto último es paradójico, pues hace once años que no visito al médico de cabecera, o que el médico de cabecera no recibe mi visita. La Dra. Moro también tiene mal genio, y así lo he podido comprobar el otro día, cuando me dice muy seria y arqueando las cejas hacia los lóbulos de las orejas: "Tienes las anginas infectadas e hinchadas, ¿cómo has tardado tanto en venir?". Le contesto que no sé, que no he tenido fiebre y que el problema es que soy muy mal enfermo, porque cuando estoy malo no suelo parar la máquina, me gusta sentirme útil y seguir haciendo cosas. "Ya, ya", me dice la Dra. Moro, "pero has de ser más quejica; algunos venís y tenéis más cuento que enfermedad, y otros os pasáis de estoicos".


(Pienso en ese momento que me encanta escuchar la palabra "estoico" dicha por otra persona, suena metálica. Y me digo a mí mismo además que cuando llegue a casa buscaré su etimología -así lo hice- Stóa poililé, es decir, "pórtico pintado", palabra de la que deriva "estoicismo").


La Dra. Moro está preocupada por mis anginas y me receta antibióticos para ocho días; ayer me dejaron grogui, que me recuerda a los boxeadores, y -aunque no soy muy fan- a Los Griguis de Muchachada Nui. Pues eso, ando grogui o grigui, pero todo a mi alrededor parece que tiene más luz (va, es coña, no penséis que estoy ahora flipando, veo las cosas como siempre). El hecho de que el mundo para la Dra. Moro se divida en quejicas y no quejicas, me hace plantearme que para mi el mundo se divide en muchas cosas, y en lo mucho que me molesta que la gente divida su realidad en dos partes.


Al final de la consulta (se tiró conmigo casi media hora, que culpabilidad viendo a tantos viejitos fuera esperando en esas sillas esas de plástico que reducen tu conciencia a la de una ameba en la inmesidad de ninguna parte), la Dra. Moro me enseña varias técnicas por si me atraganto (sí, lo sé, es estúpido, pero me ha pasado ya más de una vez), y me hace un simulacro en vivo y en directo de cómo contra una silla puedes tratar de sacarte tú mismo el atasco; surrealista, menudos golpes se mete la Dra. Moro contra la silla de los pacientes para que yo pueda quedarme con la copla, y pienso "ahora la muy bestia se parte algo, se queda inconsciente y encima me como el marrón". Nos despedimos y me dice que quiere verme pronto. A mi no me hace mucha gracia, pero la sonrío por educación, casi se me cae la mandíbula del esfuerzo. Pese a todo, la Dra. Moro me cae bien, cree que soy un estoico.

2.17.2009

p56

Tras el beso, el pequeño p56 se miró al espejo y fue consciente, por primera vez, de su cuerpo de androide. Dos manos que parecían idénticas a las humanas. Los pies, el cuello, las orejas. Los antebrazos, vulnerables a la luz; la nariz, las rodillas y los pulmones abriéndose a ese mundo reflejado en el cristal. Fue consciente, también por primera vez, de su corazón, bum... bum... hac, bum... bum..., hac. Pero no era el suyo el que sonaba, sino el del espejo. ¿O puede que ninguno de los dos? Quizá era un sonido fantasma en su cerebro. Su cerebro de androide.

El pequeño p56 no sabía cómo programar su utilidad tras el beso, cómo articular una realidad que había sido inercia hasta ese preciso momento. Hasta el beso. Al pasar su mano de androide por el vello artificial, junto a la nuca, sintió un falso cosquilleo. Con un sencillo movimiento colocó una pestaña casi invisible en la posición "off". Y todo lo que él representaba se apagó. Aguarda una respuesta a la pregunta, ¿qué hacer con un beso que te despierta, y un despertar de androide?